Sí, y es uno de los momentos más valiosos para hacerlo. Los primeros 1.000 días de vida son una "ventana de oportunidad" donde se configura el sistema inmunitario y metabólico del ser humano. Monitorizar este proceso es clave para la salud futura del niño.
Sin embargo, hay que tener en cuenta ciertas limitaciones científicas:
- Diversidad en desarrollo: El microbioma de un bebé es mucho más sencillo y menos diverso que el de un adulto. Está en plena transición, especialmente durante la lactancia y la introducción de la alimentación complementaria.
- Informes específicos: Algunos de nuestros informes avanzados (como el Estroboloma o ciertos riesgos de patologías crónicas de adultos) no se generan para niños pequeños, ya que no tendrían validez clínica ni utilidad práctica en un organismo que aún no ha alcanzado la madurez microbiana.
- Valor preventivo: Pese a esto, el test es fundamental para detectar déficits tempranos de bacterias clave y orientar la nutrición infantil para construir una microbiota resiliente desde la base.